Nunca pensó Benjamín Rush en los días de su brillante descripción clínica – de los casos clínicos que después denominaría como “fiebre rompe huesos”-, que habrían de transcurrir 220 años desde ese 1789 para encontrarnos todavía, en pleno 2008, con el mismo grave dolor de cabeza que tanto lo atormentaría hace más de dos siglos, esta vez acompañado de ese homólogo maligno e indeseable conocido como Dengue hemorrágico.

Tampoco pensaría el sabio Dr. José María Vargas por allá por 1828, que el agente causal de la epidemia febril que vivía y describía en la Caracas colonial de ese entonces, era inmune al milagro descrito, después que sus sufridos moradores decidieron hacerle caso al santo e ingerir el zumo de la fruta recién desprendida del árbol, al tropezar con la cruz sagrada que avanzaba en procesión.

Estaba el conocimiento científico todavía lejos de imaginar que una pequeña partícula viviente, fuese capaz de provocar tan ruidosa enfermedad y mucho menos que el tiempo sería esquivo aún a las vacunas eficaces para neutralizar a los pequeños malvados que a la larga, se constituirían en un grave peligro para la existencia de la vida del hombre sobre el planeta Tierra.

El nanoser al cual hacemos referencia es un flavivirus agrupado en la familia togaviridae del grupo B de los Arbovirus. Posee un genoma de ARN con viriones de forma esférica de 50 a 55 nanómeros de diámetro. Crece en células de riñón de mono y hamster. También en embrión de pollo y ratón. Se conocen hasta ahora 4 serotipos y no 5 como se ha pretendido afirmar en estos primeros meses del año 2008.

La fiebre dengue o dengue clásico como se conoció a esta enfermedad de curso relativamente benigno, muy baja letalidad y curación espontánea en una semana, asociada al virus ya descrito, se transformó en un grave problema de salud pública a partir de 1953 con la aparición en Filipinas de las formas hemorrágicas, de curso grave y muchas veces mortal.

Desde Filipinas se diseminó rápidamente a Tailandia, Vietnam, Malasia, Indonesia, Pakistán. Después a Africa y alcanza a la isla de Cuba en 1981, provocando más de 350.000 enfermos de fiebre dengue con 10.000 formas graves de dengue hemorrágico y 158 muertes, el 70 % niños. La epidemia cubana ha quedado registrada en la literatura médica mundial como el “acontecimiento más importante en la historia del dengue en el continente americano durante el siglo XX”. Venezuela recibe al incómodo visitante en el año 1989, en medio de una epidemia caracterizada por la simultánea presencia de los serotipos 1, 2 y 4., cuya desvastadora acción deja 27 personas fallecidas.
  Durante los años 1990 hasta 1998 se registraron en Venezuela 153.742 casos de dengue con un promedio de 17.083 por año. Durante el período 1999 hasta 2007 se registraron 400.083 casos con un promedio de 44.454 por año. El record histórico en cuanto a número de enfermos corresponde al año 2001 con 82.915, superado el 2007 con 86.923 y más de 6.000 de la variedad hemorrágica, con una letalidad hasta ahora no publicada.

Podemos afirmar que estamos ante un incremento sostenido de esta endemia en escala planetaria, asociado a varios factores entre los que destacan: El fenómeno del calentamiento global que establece nuevos nichos de adaptación del vector Aedes aegypti, fuera de la intertropical geográfica. Buenos ejemplos son el anuncio de alerta por probables epidemias durante el 2008 en Buenos Aires, Montevideo y Miami. El abandono de las campañas de erradicación del transmisor con insecticidas residuales, a partir de la prohibición mundial del uso masivo de DDT y la no aparición de nuevos agentes químicos o biológicos igualmente eficaces. El retardo injustificado en la aparición de una vacuna que otorgue inmunidad eficaz y duradera contra los 4 serotipos conocidos del virus. La lenta marcha de las investigaciones globales sobre la patogenia de la enfermedad hemorrágica que han dificultado una interpretación certera del fenómeno, para así aumentar la capacidad predictiva en cuanto a las personas que estarán en riesgo de padecer las formas clínicas graves , potencialmente mortales de dengue y finalmente, el deterioro creciente en las medidas de control epidemiológico y educación sanitaria promovidas desde los Gobiernos nacionales y de otros componentes de la superestructura del Estado en las diversas naciones donde la enfermedad constituye un serio problema de salud pública.

A diferencia de otras enfermedades metaxénicas, igualmente marcadoras del estado de la salud pública en las naciones del llamado “tercer mundo” el dengue parece venir y con fuerza en estos comienzos del siglo 21. De allí nuestra sugerencia de “dengue en la oscuridad”. Mientras las campañas de utilización de mosquiteros impregnados con insecticidas, la búsqueda activa de casos seguida de quimioterapia agresiva con mezclas de artesunato, mefloquina o lumefantrine y los diversos ensayos en vacunas parecen hacer retroceder a la temible malaria, el dengue aún espera por una vacuna, quizás mas factible que la anterior aunque también sometida al “desinterés” que genera el hecho de que estamos frente a enfermedades “huérfanas” o de los pobres de la Tierra.

por el Dr.Rafael Orihuela